De nuestro Rector

Jesús el guajiro de Dios Padre…

Cada día que pasa, necesitamos abrir más anchamente las puertas de nuestro corazón a Dios. El Señor se nos manifiesta de forma humilde, sencilla, e inesperadamente; sin embargo, todo lo hace con firmeza de Sí por cada uno de nosotros, por nuestra salvación.

Estos tiempos que nos han tocado vivir son tiempos de GRACIA en el Amor y la Misericordia de un Dios paciente, tierno y padre de todos—Él es el Dios que nos llama a vivir como vive Su Guajiro, Su Unigénito Hijo Nuestro Señor y Dios, porque Jesús es el Guajiro de Dios Padre, el hombre-Dios simple, manso de corazón quien expresa la belleza de la naturaleza, la creación, desde el campo de la fe, que nutre nuestro vivir para dar buenos frutos en nuestro caminar por la vida.

Desde siempre que predico sobre El Señor, les he dicho que Dios, especialmente en su Amado Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, es un guajiro y deseo compartir esa visión de Dios, pues me insiste desde lo más profundo de mí ser, fundamentándoseme desde la Sagrada Escritura. Nuestro Señor Jesucristo es el gran guajiro del Padre. Él es el jardinero de la viña, por eso el Padre nos ha “sembrado” exactamente donde nos encontramos hoy día y todos los días de nuestro existir en Su hermosa viña de Amor. En el jardín de Dios encontramos diferentes hermanos y hermanas cuyas almas fueron creadas al igual que la nuestra.

Pienso que Él, místicamente nos coció en un gigantesco caldero de Sancocho porque así absorbemos lo mejor de Él. Integrando en nosotros todo bien, desde su caldero de amor. También creo, que Dios utiliza Su Cucharón de Misericordia para unirnos por el caminar de la vida, como lo hace el guajiro con su Gulasch (Goulash), Sancocho, Ajiaco o Tropical Soup. Todo eso lo hace Dios con nosotros, para ungirnos con su Amor. Si lo amamos como Él nos ama, entonces amamos al prójimo como a nosotros mismos: ¡Ámense unos a otros como los amo yo! [Jn. 13:34; 15:9-13]. Con certeza puedo decir, que Dios nos conoce desde antes de estar en el vientre de nuestras madres y nos consagro a Su Amor [Jer. 1:5], porque ¡Dios es Amor! [1Jn. 4:8].

Él es quien nos refresca con Sus aguas vivas [Ez. 47; Jn. 4:10-15] que es Su Misericordia devenida del Padre por el Espíritu Santo de los dos. Él nos nutre con Su Palabra viva que es Su Amor Encarnado en nuestra humanidad. Él nos mira dulcemente como un Lirio que irrumpe su belleza desde un jardín de guisazos, bejucos y espinas para perfumar nuestra alma caída con Su Esperanza desde Su Getsemaní, porque, ¡Jesús es el Lirio de Dios para la humanidad!

En estos días, desde diversas formas, Dios nos llama a vivir en su sosiego. A abrir nuestros ojos, oídos y bocas, desde lo más profundo de nuestro ser, para emprender Su camino de la justicia cuyo fruto será la Paz [Is. 32]. Ahora, para mayor claridad de nuestro responder a ese especial llamado de Dios, deseo concentrarme en la parábola de las semillas del jardinero de la viña de Dios: ¡Jesús Salvador!

Las imágenes de esa parábola son la viña de Dios; el sembrador; la tierra fértil o infértil; la semilla a germinar y el fruto, las cuales las encontramos en el relato de los cuatro Evangelios del Nuevo Testamento: Mt. 13:7-22; Mc. 4:3-9; Lk. 8:5-8; Jn. 15: 1-2; 4-5; 8, 16. La esencial enseñanza de esta parábola es que la viña de Dios es su Creación; el sembrador es Dios Padre; la semilla a germinar es Dios Hijo—la Palabra de Dios Encarnada en nuestra humanidad dada a nosotros—la Buena Nueva; la tierra fértil o infértil es el corazón humano de todo ser; el fruto son nuestras obras, buenas o malas o indiferentes, todas las cuales tienen consecuencias en nuestro existir y en el apropiado ejercer de nuestro libre albedrío.

El Evangelio de San Lucas (8:5-8) nos enseña como una mañana de madrugada, salió Dios Padre, en el sereno de la noche—amanecer recorriendo Su viña. El roció permeaba la viña de Dios en la espera de la aurora de otro despertar en la Creación. Dios Padre comenzó a sembrar su semilla de amor y misericordia por toda la Creación porque Él anticipaba la posible necesidad de que un día, su Adán y Eva, necesitarían servirse del germinar de su agotador esfuerzo en la Creación. Dios Padre, lleno de ilusión, dispersó su semillero por los campos y al hacerlo se fijó que algunas de sus semillas—las mejores de su inspiración, cayeron por el camino y fueron pisoteadas por sus hijos, y las que quedaron, fueron devoradas por verdaderos demonios en oposición a Dios, al igual que con el hombre y la hembra, propio Reino Real Jerárquico de Dios.

Algunas que otras semillas cayeron sobre piedras, las fortalezas intransigentes del corazón humano, las cuales sofocaron el proceso de su germinar como una oprimente telaraña, que lentamente extingue la vida y, al nacer, desde lo profundo del ser humano, evidencia su seques, porque esas intransigencias no dejaron que las aguas vivas de Dios, abanicaran el enrojecido calor de tal oposición a Dios.

Otras hermosas semillas de amor, cayeron entre espinas y según crecía el semillero de trigo, del cual se nos da el pan para convertirse en el Pan de vida, las cizañas humanas estrangulaban con el arma más letal de todo ser, la lengua, que con su desdén, odio, difamación, dolor espiritual, acoso emocional y muerte expiatoria del hermano marchitaron las espigas del amor de Dios, ahogando en vida ese puro amor antes del nuevo atardecer.

Más aunque no todos fueron redimidos por su propio rechazo de ser; muchos, muchos, pero muchos (ad multos) perseveraron hasta el final, dando buen fruto, al cien por uno, de esa hermosa cosecha del Guajiro de Dios, porque ellos perseveraron en Fe, Esperanza y Amor de Jesús, quien es la Misericordia del Amor Eterno de Dios y nos llama a ser sus guajiritos, llevando la cosecha de Su Buena Nueva a los confines de la tierra, enseñando, no imponiendo, todo lo que Él nos encomendó, porque todo es posible para Dios, germinando como el grano de la mostaza para convertirnos en un robusto árbol frondoso para la Mayor Gloria de Dios.

Al comenzar esta cuaresma del 2017, les pido, les ruego, les imploro que abramos nuestro corazón a Dios para transfigurarnos en un nuevo ser. Para llegar al oasis de nuestra vida en la Barca de la Novia de Dios Hijo, la Santa Madre Iglesia. Para que la Madre de Dios Hijo, Madre del Amor, nos proteja por el caminar de la vida. Para lograr anclarnos en las aguas cristalinas del mar de Dios [Apoc. 4:6; 15:2]. Para fortalecernos en el corazón inmaculado de Jesús y María Santísima hacia nuestra salvación.

En Jesús y María, ¡El Amor nos une!

P. Fernando E. Hería
El cura de la Ermita del Amor.

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